Desde que lo conocí, he estado la mayor parte de las veces de acuerdo con Edmundo Orellana; es por eso que no hace mucho me sorprendió una actuación suya siendo Ministro de Relaciones Internacionales y escribí sobre ello en este blog … ¡ Don Edmundo, no dilapide gratuitamente su credibilidad!
Ahora, reproduzco este artículo suyo pues en él se vierten conceptos cruciales, (que vengo repitiendo desde hace tiempo en las aulas universitarias, en mis escritos y a todo aquel que quiera escucharme y que me he tomado la licencia de remarcar en el texto), para entender lo que está sucediendo en Honduras.
Lamentablemente, ante la pérdida galopante de los principios éticos y morales, la sociedad actual tiene un alto grado de intolerancia y el fundamentalismo ideológico ha ido sustituyendo a la razón. Y cuando la razón desaparece sólo queda en nosotros nuestro substrato de animales irracionales.
Aunque la situación política actual no me cabe duda pasará, opino que Hibueras ya no será la misma pues me temo que lo sucedido ha abierto una brecha entre los hondureños colocándolos en dos bandos que por el momento los veo irreconciliables. Muchas amistades y relaciones de larga data se han roto y recomponerlas va a ser una labor intuyo que difícil.
Como comentaba a unos amigos hondureños nunca como ahora me gustaría más equivocarme en mis apreciaciones pues en caso contrario el futuro de Honduras pinta muy negro.
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El conflicto entre los políticos ha causado una división en la nación que no se había observado desde el inicio de la primera mitad del siglo pasado. Vivimos un ambiente excesivamente polarizado y crispado. Se predica el odio por doquier. Cuando se aborda el tema en las entrevistas o comentarios, se percibe claramente la vesania en la voz y en la tv el rostro del entrevistado o comentarista se va desfigurando al ritmo de sus imprecaciones. Los amigos de toda una vida hoy son enemigos a muerte.
Dos instituciones que, por milenios, han sido consideradas refugios para el espíritu y las conciencias, el hogar y la iglesia, también están sufriendo las consecuencias. Las iglesias están en medio de la vorágine y en los hogares se respira la división.
Como consecuencia, la descalificación, el desprecio y las acusaciones recíprocas están a la orden del día. Los que intentan llamar a la reflexión también son víctimas del escarnio público. En estas circunstancias, pareciera que nadie está libre de culpa. Unos por apoyar, no importa a quien, y otros porque invitan a la cordura. Todos, al final, terminan defendiéndose, sin tener claro frente a quien.
Pareciera que estamos viviendo un guión de esas producciones hollywoodenses de terror. En cada escena el miedo y en cada efecto el pánico. Los actores, marionetas de invisibles y malignas fuerzas, tienen roles asignados en los que el histrionismo exigido esparce por todos los rincones del plató, lo que quedaba de su sensatez, lealtad, afectos, ecuanimidad, integridad y prestigio.
Los partidos políticos, incapaces de entender el drama e impotentes para ofrecer soluciones, se esfuerzan únicamente por llamar la atención sobre el proceso electoral, haciendo caso omiso del estado de desesperación de los potenciales electores.
La gran empresa privada se atrinchera en posiciones antiglobalización, contrario al reclamo mundial de integrar los mercados como clave para el desarrollo y el progreso. Amenazas de todo tipo se ciernen sobre Honduras, incluso la exclusión del Acuerdo con la Unión Europea, y nuestra empresa privada imperturbable, como si no le incumbiese. Aterroriza el desprecio que hacia los intereses del pueblo hondureño acusa esta actitud.
En estas circunstancias, pareciera que ningún molde sirve. La contaminación daña el diseño y el funcionamiento del prototipo. Por otro lado, siniestras figuras, cuyos nombres se asocian al período que el Estado tenía como política la tortura y las desapariciones, emergen del inframundo en el que medrosamente se refugiaban (siempre temerosos de la justicia), aprovechando que las reputaciones se derrumban, y exigen participación, mostrándose impúdicamente ante el público que los observa incrédulo y espantado.
Las condiciones no pueden ser peores. De espaldas al mundo entero, divididos internamente y amenazados por esos íncubos del pasado, no hay factor que no conspire contra nuestro presente y futuro, como si estuviésemos en la víspera del apocalipsis.
Lo más grave es que esta devastación moral ha ocurrido en menos de un mes. “Solo falta que nos comamos unos a otros”, me comenta afligido un gran amigo.
Si no frenamos está loca carrera hacia el desastre, será tarde para todos.
Particularmente, para aquellos a quienes nos debemos por sobre todas las cosas: nuestros hijos, nietos y demás descendientes. Porque les dejaremos una enorme cantidad de problemas de gran envergadura, y solo tendrán respiro para sobrevivir.
Esa ha sido la inveterada costumbre. Dejar para el futuro la solución de los problemas, como si el futuro no tuviese identidad. La tiene y la tendrá, porque se encarna en cada uno de los miembros de las futuras generaciones. Esos niños que hoy nacen y los que están por nacer, ajenos totalmente a esta locura política colectiva, serán los que pagarán la factura de los irreparables daños inferidos a la patria por quienes han llevado, irreflexivamente, sus diferencias políticas al extremo de negar las instituciones que juraron defender.
Dejemos en el pasado la prédica del odio y renunciemos a la amenaza. Busquemos el camino del entendimiento. Es fácil encontrarlo. Basta una dosis de voluntad, otra de amor al prójimo, otra de arrepentimiento y otra de rectificación.
Recordemos nuestra condición de seres civilizados y apelemos a la única arma que la historia reconoce como la más eficaz y la que efectivamente nos aleja del mundo de los instintos: nuestro discernimiento. Con apego a sus dictados, acometamos la gran empresa de convenir en nuestras coincidencias, identificar nuestras diferencias y encontrar, mediante el dialogo, las opciones para superarlas. El marco ya está dado, es el Acuerdo de San José, sigámoslo…
Al final de cuentas, los actores de este drama nacional son todos hondureños.
Imponiéndose la condición de hermanos hondureños, se difuminan las recriminaciones, las culpas y la vergüenza.
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